lunes, 29 de octubre de 2007

Fragmentos de un discurso amoroso: el exquisito cadáver de Gomitas Surtidas

Tal vez este proyecto de gestión independiente, que vacila entre lo público y lo privado bajo el palindrómico nombre de “amor roma”, podría estar intentando responder a la siguiente pregunta: ¿de qué manera pueden convivir en una sola obra trece artistas que se reconocen, pero que juegan a desconocerse? La construcción de la respuesta tardó algo menos de un año en llegar, y el resultado parece ser menos una obra única que un vibrante mosaico en movimiento, compuesto por trece obras yuxtapuestas.

Quienes ya conozcan el exquisito juego del cadáver exquisito no tardarán en comprender que esta propuesta lo proyecta ya evolucionado. Y es en esta evolución donde la curaduría plantea la idea del proceso artístico como un enigma de la creación: un artista recibe un imaginario ajeno, lo contempla, se lo apropia – o lo intenta – y genera a partir de él un discurso propio, dejando correr sus percepciones hacia el siguiente eslabón de esta cadena orgánica, que conoce no más que la obra que recibe casi por mandato y aquella que le toca producir.

El resultado de la autopsia de este cadáver gourmet nos lleva de excursión por el organismo mismo de las artes plásticas en una versión vernácula del asunto: un gomoso surtido de las diferentes técnicas que practican los diferentes artistas de este colectivo, desde una muestra del manejo de acrílico sobre tela hasta el cómic y la fotografía, pasando por las estaciones de la construcción de objetos más o menos identificables y el transfer sobre prendas de vestir.

El azar, elemento de los más importantes en cualquier juego, quiso que fuese Karina Rozsypalek quien comenzara este pequeño fragmento de historia plástica: una serie de círculos entrelazados que parecen reproducirse bajo nuestra mirada. El derramamiento de estos círculos se fue expandiendo en el siguiente orden: Julieta Maciel (que lee en esos círculos a la luna como metáfora del amor y trabaja la luz) Susana Dithisheim (que transforma al amor en erotismo al traducir la forma fálica del eje de luz de Maciel al collage), Silvia De Paula (que trabaja también en la traducción de la imagen a otro soporte) pasa su obra a Daniel Juárez. Quizás es la obra de Daniel en donde podemos ver mejor cómo la tensión estética particular-estética grupal aquí no tiene cabida, ya que las reglas del juego estipulan, en una suerte de conversión de la máxima minimal, que aquí más es más. La obra de Daniel, relacionada con la imagen pornográfica, da el toque final a esta escala de erotismo en la cadena: a la vez que la imagen no deja dudas de que se trata de un falo, éste se difumina de tal manera que permite a Marcela Valero Narváez complejizar la lectura: de una escalada de realismo, pasamos al reino de la metáfora, en donde frutos rojos, el símbolo por antonomasia de la pasión, parecen haberse posado en la cabeza de una joven. Roh traduce en su obra-remera el momento de mayor estatización de la pasión: el rock. Roberto Padilla cuenta en el blog del grupo, una suerte de experiencia fetichista con esta remera que termina rota en medio de una acalorada sesión fotográfica.
Y luego de la pasión, entonces, la institucionalización del amor. Tatiana Papazian va a trabajar sobre la pareja y sus mensajes, sus ritos, su resistencia o fragilidad en el tiempo. El corazón que construye María Priede con velos remite, evidentemente, al casamiento. Cris Martínez interpreta perfectamente el tema y trabaja en fotografía los muñecos de torta, clishés, como el velo, el tul y el color rosa de Priede, de la ceremonia nupcial. Sonia Barrozo, sin ver la obra de Priede, realiza un árbol (¿será una sobre lectura pensar la inclusión de la familia en este crecendo de amor-erotismo-pasión-pareja-matrimonio-familia?) del que cuelgan corazones y fotografías (la familia se basa en una historia narrable). Por último, cierra el círculo Elena Dahn, que vuelve a la forma ovalada del principio.

El Cadáver Exquisito y el Teléfono Descompuesto pueden ser el mismo juego, o, también, los opuestos: siendo ambos estrategias de lectura y reinterpretación, el segundo parece dramáticamente experimentar la imposibilidad de la transferencia informativa interpersonal, que se diluye en el caos. El primero, en cambio, supone que solo en el fragmento y la traición se funda aquello que llamamos comunicación o que también solemos llamar amor.

Ariadna González Naya y Lucrecia Palacios Hidalgo

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